CONFERENCIA DEL EPISCOPADO DOMINICANO

MENSAJE

ANTE LA CRECIENTE INMIGRACIÓN HAITIANA

Santo domingo, D. N.

República Dominicana

1º. De Noviembre de 2005.

CONFERENCIA DEL EPISCOPADO DOMINICANO

MENSAJE

ANTE LA CRECIENTE INMIGRACIÓN HAITIANA

  1. Hace algún tiempo prometimos escribir sobre la presencia de los haitianos en el país. Hoy, hacemos realidad nuestra promesa. Lo hacemos fieles a la misión de la Iglesia en vista del crecimiento del fenómeno de la movilidad humana en el mundo y su impacto en la República Dominicana.

I: El fenómeno migratorio.

                I.1. Históricamente.

                  – Un fenómeno tan antiguo como el ser humano

  1. El fenómeno migratorio, en su doble dimensión de emigración e inmigración, es tan antiguo como el ser humano. No existe pueblo o nación alguna que no sea resultado del entrecruce de pueblos. Basta hoy ojear las páginas de las guías telefónicas para, a través de los apellidos que en ellas aparecen, convencerse de la entremezcla de pueblos.   Las mismas lenguas más usadas hoy como el inglés, el español, el francés, a pesar de los esfuerzos hechos por sus respectivas Academias de la lengua mirando por la pureza de la lengua, muestran cantidad de palabras tomadas de otros pueblos y aceptadas ya como propias, resultado de una alta presencia de unos pueblos en el seno de otros. 

América desde el Canadá hasta la Patagonia es un crisol de pueblos y de culturas, resultado de ininterrumpidas y masivas migraciones. 

– Tipología

  1. La tipología de esos flujos migratorios  fue muy diversa desde los inicios: tribus nómadas; guerras de conquista; emigraciones espontáneas tras el sueño de un mundo mejor y emigraciones forzadas  por la pobreza de la tierra y sociedad en la que malamente vivían, por cataclismos de la naturaleza o por represiones políticas o religiosas.

En las emigraciones históricas actuó consciente o inconscientemente la idea de que todos los seres humanos conformamos una sola gran familia humana, no obstante profundas diferencias personales, grupales y culturales; y la idea de que nuestro planeta con todas sus realidades y posibilidades es el patrimonio común de esa gran familia. 

    – Francisco de Vitoria

  1. Basado en estas ideas Francisco de Vitoria, padre del derecho internacional, defendía ya en el siglo XVI en Salamanca, a propósito de la presencia española en el Nuevo Mundo recientemente descubierto, el “Ius communicationis” (“derecho a compartir”). 

“La comunidad internacional –proclamaba-, antes que una comunidad de Estados,  es una comunidad  de personas que pueden comerciar y desplazarse libremente por encima de las fronteras con tal que no provoquen molestias injustas”. “El hecho de pertenecer a una determinada comunidad política no impide en modo alguno el ser miembro de la familia humana y pertenecer en calidad de ciudadano a la comunidad humana”. “El “ius communicationis” es universal y recíproco” pero “es obvio que los huéspedes no pueden provocar molestia alguna a los pueblos que los acojan”. 

Vitoria fundamentaba el derecho internacional sobre la libertad de los ciudadanos y no sobre la soberanía de los Estados, que es sólo una consecuencia  y por tanto un derecho secundario.

Todas las inmigraciones históricas tuvieron su lado positivo y negativo, a excepción de las que fueron exclusivamente devastadoras y depredadoras. 

 I.2. Modernamente, en nuestros días.

           – Amplitud y complejidad del fenómeno.

  1. El fenómeno migratorio ha adquirido modernamente un volumen y complejidad impensada. Y ha sido un fenómeno que ha crecido a ritmo acelerado. 

Su tipología es en estos momentos múltiple y complicada: reclamada y espontánea; personal,  familiar y masiva; económica, racial, social y política; libre y manipulada por bandas de traficantes de personas; regular e irregular; honesta y corrupta; terrorista y  contrabandista (de armas y de drogas); temporal y permanente; privada e institucional; recreativa, laboral y profesional. 

Una nota típica de la emigración moderna es el alto número de personas vulnerables por la falta de documentos que les permitan regularizar su situación migratoria en el país de acogida facilitando así la aparición de grupos dedicados al tráfico y trata humana; y el alto número de los que intentan emigrar, por diversas razones al margen de la ley. 

  • Causas 
  1. En la raíz  de todo este complejo fenómeno moderno está la brecha entre naciones altamente desarrolladas y ricas y pueblos que se debaten en el subdesarrollo y la pobreza; los avances en la trasportación de un lugar a otro facilitando los desplazamientos; el hecho de la globalización vigente; el poder de los medios de comunicación despertando grandes ilusiones en los países pobres al contemplar el esplendor de los países ricos; las persecuciones selectivas o masivas por razones políticas o raciales; la colaboración en el campo científico y técnico; la aparición del terrorismo a escala mundial y la guerra santa decretada por una facción del Islam contra Occidente; los conflictos bélicos y el guerrillismo en ciertas naciones; la creación de Institutos Internacionales y la posibilidad de frecuentar Universidades extranjeras; la economía globalizada con abundancia de Empresas trasnacionales; el tráfico ya mundial de la droga; las mafias organizadas de tráfico de personas y el Turismo mundial.
  1. Psicológicamente está también el instinto irreprimible de superación, de buscar siempre un progresivo bienestar y unas condiciones mejores de vida.

– Aspectos positivos y negativos

  1. Es evidente que este fenómeno migratorio ha favorecido y promovido el recíproco conocimiento de los pueblos y la colaboración universal, testimoniando de esta manera y perfeccionando la unidad de la familia humana. 

Gracias a él, unos pueblos recibieron inversiones económicas salvadoras o muy beneficiosas y otros transferencia de ciencia y técnica de punta o el beneficio de gente muy cualificada o de gente muy laboriosa decidida a triunfar o mano de obra necesaria para acciones intensivas de recolección de frutos o para actividades menos atractivas pero imprescindibles, rechazadas  por los naturales. Esto supuesto, sería un grave error percibir el fenómeno migratorio exclusivamente en clave negativa Tiene su dimensión altamente positiva.

  1. Junto a los elementos positivos, sin embargo, no han faltado elementos negativos: graves tensiones por las fuertes desigualdades económicas; conflictos derivados de la diversidad de costumbres y tradiciones; formación de grupos cerrados sin integración al país que los acoge y diversos tipos de discriminación y conculcación de los derechos fundamentales humanos de carácter social o cultural por razón del sexo, de la raza, del color de la piel, de la condición social, de la lengua o de la religión. Sin olvidar comportamientos hostiles derivados de prejuicios históricos y raciales; de intolerancia política o ideológica.

Es claro, pues, que el fenómeno migratorio –signo de los tiempos- es una gran oportunidad y un reto. Así debe ser visto y manejado.

    – Modernización de las Leyes de Migración

  1. Ante un fenómeno tan amplio y ambivalente, los Estados no han tenido más remedio  que estudiar a fondo el creciente movimiento migratorio, crear políticas adecuadas de migración, regularizarla, legislar sobre ella y establecer convenios entre las naciones. 

Por otro lado la misma ONU, dado los aspectos positivos y negativos de la migración, se ha visto obligada a intervenir en un fenómeno tan mundial y tan repercusivo en la paz de los pueblos y entre los pueblos y ha recordado los derechos y deberes de los pueblos que reciben inmigrantes y los derechos y deberes de los emigrantes. 

El inmigrante es un ser humano que debe ser muy consciente de sus derechos y de sus deberes. Entre los deberes está, ante todo, que su entrada en el país que le acoge esté de acuerdo con las leyes que en él rigen para su entrada y para su permanencia en él.

I.3. La inmigración haitiana hacia la República Dominicana.

Dejemos a un lado el pasado  

  1. La independencia y soberanía nacional nosotros la conquistamos de Haití con grandes sacrificios y saliendo victoriosos en los campos de batalla. Entre 1844 y 1856, sin embargo, consumada ya la independencia, sufrimos diversas invasiones haitianas con cientos de civiles dominicanos  asesinados por las tropas de Dessalines. Tales hechos originaron un fuerte sentimiento antihaitiano en los dominicanos. Tan obscuro se proyectó el  futuro que dio origen a la efímera anexión a España que terminó con la gesta restauradora. Es evidente que todo esto permanece en la memoria histórica nuestra.        

Prescindamos, sin embargo, de todo esto que pertenece ya a la Historia y detengámonos en el fenómeno migratorio actual.

            – Historia de la emigración haitiana

  1. La inmigración haitiana más o menos masiva hacia nosotros comienza propiamente con la ocupación norteamericana en ambos países en los años 1914 y 1924. 

Dicha inmigración se produce ante el incremento de la producción azucarera en la República Dominicana, promovida por los Estados Unidos ante los problemas del  cultivo de la remolacha en Europa por el estallido de la primera guerra mundial. Es verdad también que durante la ocupación se utilizó mano de obra haitiana en la construcción de carreteras.

Los infantes de marina de ambos lados se encargaron de proporcionar la mano de obra haitiana necesaria para el corte de caña; de traer esa mano de obra, controlarla y retornarla.  

Al retirarse los Estados Unidos de ambas naciones, siguió la misma práctica siendo sustituidos los marines norteamericanos por miembros del Ejército de ambos lados.                

El control fue siempre meramente policial sin cuidar mucho que las condiciones de vida y de trabajo de los contratados fuesen justas y respetuosas de los derechos humanos, produciéndose desde entonces claras conculcaciones de los derechos humanos en la contratación, en la trasportación, en los salarios, en las condiciones de los bateyes, en la libertad de movimiento y en el cobro de peajes inadmisibles al salir y al retornar a su país por parte de militares y oficiales de migración.

  1. Con la aparición de la tiranía trujillista, la apropiación de la mayoría de los ingenios por parte del tirano y la existencia de algunos ingenios privados todo siguió igual.

 Suprimida la tiranía, y creado el CEA, se produjeron algunas mejoras, sobre todo en la contratación de los braceros, pero tanto el CEA como los ingenios privados en general siguieron descuidando el cumplimiento de fundamentales derechos humanos y laborales de todo inmigrante.

Es justo decir que a pesar del mal trato,  fueron muchos los que se quedaron entre nosotros de forma irregular

Ha sido especialmente grave el modo de hacer las contrataciones laborales y sobre todo las repatriaciones. La mayoría de ellas fueron hechas indiscriminadamente, de forma violenta, en transporte inadecuado y con modos inhumanos. Es importante advertir que entre  los derechos de los Estados  está  la repatriación de los ilegales y de los indeseables.

País inmigrante y emigrante

  1. Conviene recordar que, a partir de la liquidación de la tiranía (1961), la República Dominicana se convirtió de un país inmigrante en un país emigrante con un fuerte éxodo primero hacia los Estados Unidos y hoy también a diversos países europeos. 

En un primer momento nuestra emigración fue ejemplarmente regular pero hoy no son pocos los intentos de emigración irregular

 Estos hechos le obligaban al Estado dominicano a tener una bien definida política migratoria, una adecuada y moderna legislación migratoria y un seguimiento cercano de emigrantes e inmigrantes. Tanto más que la República Dominicana es signataria de  convenios internacionales y regionales acerca de la migración. Eso, sin embargo, no sucedió hasta el 2004.

– La inmigración haitiana a partir de los años ochenta

  1. La preocupante inmigración haitiana surge a partir de los años ochenta, al producirse en la República Dominicana el declive de la producción azucarera y abandono del campo, el crecimiento notable del turismo, la multiplicación de las zonas francas, la creciente economía de servicios y la conversión rápida de una  nación predominantemente agrícola y campesina en un país urbano; y al mismo tiempo  al agravarse progresivamente la situación económica, política y social de Haití con acelerados índices de desorden, desorganización, desabastecimiento, descomposición social y política, tráfico de drogas, violencia y consiguiente inseguridad ciudadana, no obstante la presencia de militares y policías enviados por la ONU con miras a imponer el orden  y la paz.

             La conjunción de todas estas causas ha ido produciendo un éxodo masivo incontenible, de tal modo que, a excepción de las zonas francas, hoy los haitianos, que antes se ubicaban casi exclusivamente en los bateyes, son vistos ahora no sólo en ellos sino también en todo tipo de agricultura, en la construcción privada y en las obras públicas, en el sector informal de servicios (en concreto en el doméstico), en la industria y el comercio, (sobre todo ambulante), en los hoteles y hasta en la mendicidad organizada. 

  1. No faltan personas y grupos que irresponsablemente proclaman que la República Dominicana debe asumir  casi en solitario el sacar a Haití de su situación. Hasta se asegura que defienden que ambas naciones deben  fusionarse en una sola, solución que ambos pueblos rechazan.            

            Es triste que el éxodo haitiano hacia nosotros, esté siendo fomentado por redes de tráfico humano y grupos que actúan sin tener en cuenta la situación humana de las personas y la situación del país. 

  1. Queremos dar fe que el pueblo dominicano jamás ha sido ni es xenófobo. Hemos sido y somos un pueblo francamente abierto a todos, incluidos los haitianos, y reconocemos la contribución positiva de la inmigración a nuestro bienestar y progreso. Algunas dificultades y problemas con cierta inmigración haitiana por razones históricas o circunstanciales no contradicen nuestra generosa apertura. 
  • La cuota solidaria nuestra y ¿la cuota de otras naciones con mayor capacidad que la nuestra?
  1. Pudiéramos decir que hay dos clases de inmigración. Una deseada y buscada, como es la cualificada, es decir, la de aquellos que vienen a invertir,  o la de aquellos que vienen a realizar labores que los residentes rechazan o deben ser hechas intensivamente; y otra solidaria: aquella que, aun no siendo necesaria, se acepta por las dificultades económicas o políticas del país al que pertenecen los inmigrantes. 

Nosotros somos una nación con reducida capacidad para una excesiva inmigración solidaria, dado el alto índice de desempleo, poca industrialización, dificultades económicas y la no fuerte institucionalización. 

Esto no obstante, es claro que la cuota de solidaridad respecto a Haití no sólo ha sido aceptada por nosotros, sino que desde hace tiempo la tenemos saturada.  

Desde esta realidad, exhortamos a naciones con muchas más posibilidades que nosotros y con verdadera capacidad de absorber inmigración, a que asuman generosamente su cuota solidaria respecto a Haití. 

  1. La ayuda, sin embargo, que las naciones poderosas deben prestar a Haití, en modo alguno, debe restringirse a sólo el aspecto migratorio. A nadie le gusta normalmente emigrar. La emigración es siempre riesgosa y dolorosa. La ayuda debe ser de cuanto se necesita para que la situación al interior de ese país mejore política, social y económicamente, científica y tecnológicamente, se modernice y se consolide y el país se haga viable y despegue hacia el progreso y la postmodernidad.

No podemos sufrir nosotros solos las consecuencias de la insolidaridad de los que pueden.

– Situación real de los haitianos entre nosotros.

  1. La situación de los haitianos entre nosotros es muy variada y compleja. 

Los hay que tienen su documentación en regla y los que no poseen documentación alguna. Los hay que entraron irregularmente y permanecen así. Los hay que ingresaron regularmente por tiempo determinado y que, sin arreglar oficialmente su estado, permanecen irregularmente. Los hay que han entrado  con visa de turista y se han quedado en el país irregularmente. Los hay que, hijos de haitianos o de matrimonio haitiano-dominicano, nacieron en el país y al amparo del “ius soli” .permanecen en el país.  Los hay (miles) que poseen cédula dominicana, concedida por partidos políticos,  y han votado en diversas elecciones. Los hay que vinieron espontáneamente tras el sueño de una vida mejor o quienes vinieron engañados por grupos organizados o personas inescrupulosas, traficantes de angustiados por su situación personal o social. Los hay aceptados oficialmente como exilados políticos o refugiados y quienes entraron al margen de la ley y se consideran tales, sin reconocimiento oficial. Los hay que vinieron contratados legalmente, como individuos o como grupo, por Instituciones oficiales o privadas; o que vinieron contratados ilegalmente por gente nuestra y trabajan al margen de toda ley.

  1. Es evidente que, como en todos los grupos humanos, los hay amables, honestos, cumplidores, fieles, pacíficos y laboriosos y los hay pendencieros, altamente agresivos, vagos y delincuentes. Sería ingenuo considerar que todos son como los primeros  e injusto pensar que todos son como los segundos. 

Dada toda esta complejidad, atentan contra los derechos humanos las repatriaciones indiscriminadas. No sólo el modo de hacerlas sino la indiscriminación con que se hacen. 

  1. El panorama, que hemos propuesto, demuestra el desorden existente, al que urge poner remedio sin aplazamientos. Y hay que comenzar con las complicidades de aquí: consulares, aduaneras, migratorias, militares, policiales, políticas y empresariales; de empleadores de fuerza laboral haitiana ilegal o legal barata sin contratos legales y sin cumplimiento de cuanto exige el Código de Trabajo, en las labores del campo, en la industria azucarera. en el ramo de la construcción, en el sector hotelero y en el comercio formal e informal, aprovechándose de la debilidad institucional del sistema y de la vulnerabilidad jurídica, económica y social de esta fuerza laboral.

              Para nadie es un secreto el soborno, chantaje, falsificaciones, contrataciones ilegales, recurso a traficantes de personas, nóminas fraudulentas y explotación de tales trabajadores. No tiene sentido que reclamemos a los haitianos sujeción a la ley si los dominicanos somos los primeros  en irrespetarla.

– Consecuencias del desorden existente.

  1. Los males del desorden descrito se han tornado ya gravísimos y a ellos debe poner suma atención y remedio tanto el gobierno como la sociedad entera. 

La presencia desmesurada de haitianos, como gente sin empleo o como fuerza laboral barata e ilegal está repercutiendo negativamente en la modernización y mecanización de nuestra agricultura, en la seguridad social, en el irrespeto al Código de Trabajo, en la política fiscal, en la explotación del hombre por el hombre, en el desplazamiento de puestos de trabajo de dominicanos desempleados, en la convivencia pacífica, en el aumento peligroso de desempleo al no responder su presencia creciente a una oferta real de trabajo y en dificultar el despegue nuestro hacia un progreso sostenido.

Como buenos vecinos y seres humanos nos duele en el alma la situación humana, social, económica y política en que se debate nuestro hermano país, Haití; una situación que en vez de ir solucionándose, se ha ido deteriorando más y más con el pasar de los años. 

  1. Es necesario que el mundo sea consciente de esta realidad. Que lo sean, sobre todo, las naciones que desean que nosotros asumamos la solución de Haití. Haití reclama la solidaridad de la comunidad internacional, sobre todo de las naciones opulentas y poderosas, que le ayuden a salir de su postración y es necesario que Haití se deje ayudar, y acepte y haga eficaz esa ayuda generosa.
  • El desarrollo fronterizo.
  1. A partir de la independencia el problema fronterizo fue preferentemente por muchos años el fijar la línea divisoria. En vista de las discrepancias existentes no dudaron ambas partes en recurrir en 1895 al arbitraje del Sumo Pontífice que lo era en ese momento León XIII, el Papa de la Rerum Novarum. El Papa rehusó tal arbitraje por los poderes tan limitados que ambas partes le daban el circunscribir su mediación únicamente al Art. 4 del tratado de 1874. Por fin el 9 de marzo de 1936 quedó ya zanjado el largo litigio del límite fronterizo. Fue una pena y error gravísimo que ese final del litigio culminase en 1937 con el execrable genocidio haitiano decretado por el Tirano, que mereció la reprobación de todos. Cualesquiera que fuesen las motivaciones fue un crimen inadmisible que, sin duda, permanece vivo todavía en la memoria haitiana y que los dominicanos fuimos los primeros en rechazar y lamentar.
  1. Sería un error limitar la cuestión fronteriza a sólo la disputa sobre los límites. Está también el problema del desarrollo fronterizo. Lo tiene muy claro nuestra Constitución que se expresa así, solemnemente, en su artículo siete: “Es de supremo y permanente interés nacional el desarrollo económico y social del territorio de la República a lo largo de la línea fronteriza, así como la difusión en el mismo de la cultura y la tradición religiosa del pueblo dominicano. El aprovechamiento agrícola e industrial de los ríos  fronterizos se continuará regulado por los principios consagrados en el artículo 6to del Protocolo de Revisión de 1936 del Tratado de Frontera de 1929 y en el artículo 10mo. del Tratado de Paz, Amistad y Arbitraje de 1929”.

Ya Horacio Vázquez se propuso desarrollar la Frontera y creó poblaciones como la de Pedernales. La construcción de la carretera internacional entró en ese plan. Con el fin de desarrollar toda esa zona, Trujillo envió dominicanos y extranjeros (españoles y japoneses) y consiguió que los jesuitas que habían regentado la Universidad Real y Pontificia de Santiago de la Paz y de Gorjón hasta la expulsión decretada por Carlos III,  volviesen al país para hacerse cargo de la “Misión fronteriza”. Ellos realizarían una  labor encomiable no sólo religiosa sino también de promoción humana con la creación del Instituto Agronómico San Ignacio de Loyola y el Colegio de la Altagracia para muchachas en Dajabón.  

  1. Dentro del Proceso de concertación sobre Prioridades del Desarrollo Nacional, celebrado en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra a lo largo de los años 1999 y 2000, la mesa (amplia y muy representativa) que trabajó el desarrollo fronterizo y las relaciones con Haití, nos ofreció unas ponderadas y serias puntualizaciones que deben ser tenidas muy en cuenta y convertidas en políticas de Estado. 

Ante todo, las dificultades: la despoblación selectiva (los más jóvenes, educados y emprendedores migran de forma masiva); el bajo nivel y calidad educativa; la infraestructura insuficiente y de mala calidad; la precaria institucionalidad y deficiente Estado de derecho, el lógico autoritarismo militar; la insuficiente capacidad de generar recursos para el financiamiento de su propio desarrollo; la insuficiente capacidad de generar nuevos conocimientos aplicables a los negocios; y la insuficiente capacidad institucional para coordinar acciones desarrollistas y por tanto generar procesos de cambio regional endógenos. 

  1. No sería correcto planear el desarrollo fronterizo de un solo lado de la frontera, ya que es una región de múltiples complementariedades sub-aprovechadas. La   marginalización de las corrientes de modernización y desarrollo es característica de ambos lados de la frontera.

Todo lo que se haga, pues, debe tener un enfoque integral del desarrollo y un enfoque binacional. El enfoque integral del desarrollo incluye un enfoque multisectorial, dada la diversidad e interrelación que existe entre los problemas que se deben afrontar; y el enfoque binacional debe ser norma de todas las operaciones que se hagan para desarrollar la zona, dado que su desarrollo obliga por igual a los dos Estados.

El plan de desarrollo de la zona fronteriza abarca lo siguiente: regulación del comercio que implica la regulación del intercambio bilateral y la promoción de un acuerdo bilateral de libre comercio con un reglamento claro y trasparente; desarrollo de una infraestructura vial adecuada con la construcción de la carretera internacional y otras carreteras imprescindibles; fortalecimiento de educación, salud, cultura y deporte; cooperación internacional y relaciones Interestatales; proyectos de turismo; viviendas y asentamientos  humanos; seguridad fronteriza que fortalezca la administración pública de las distintas oficinas de aduanas y de migración de manera que se comprometa a los funcionarios civiles con un mejor manejo de sus funciones y se les otorgue una mejor remuneración e incentivos por el hecho de estar al servicio en la frontera; desarrollo institucional para la frontera;  financiamiento de proyectos de desarrollo fronterizo; desarrollo agroindustrial, industrial y minero; incentivos al recurso humano en la zona fronteriza y la creación de un organismo permanente fronterizo.

  1. Somos conscientes de que todo esto exige una fuerte erogación de recursos económicos y humanos de los que no dispone hoy el Gobierno. El no poder, sin embargo, implementar el plan completo no exime el ir desarrollándolo poco a poco, paso a paso, como proyecto de Estado, independientemente del Partido Político que esté en el poder.

Es hora ya de que, dejando a un lado resentimientos y prejuicios, caminemos hacia una política de buena vecindad como lo exige, por otro lado, la globalización vigente. Una vecindad que sea positiva y beneficiosa para ambas partes. Esto pasa por proyectos comunes bien delineados, aprobados por ambas partes, y por una buena regulación exigida y cumplida.

  1. Ha sido una pena que por el golpe de Estado  al Presidente Aristíde en septiembre de 1991, el posterior embargo y la situación conflictiva de Haití se suspendieran los proyectos aprobados por la cuarta Convención de Lomé. 

Entre esos proyectos está la Hidroeléctrica en el Río Artibonito, los micro-valles en la cuenca del Río Artibonito, las cooperativas comerciales, la carretera  Puerto Plata-Juana Méndez, el control aéreo de la región y una estación satélite, los intercambios culturales y la capacitación del recurso humano.  

La Fronteras no debe ser una zona de trasiego delictivo de droga y armas hacia la República Dominicana ni de refugio de delincuentes  en nuestro país, sino un espacio de desarrollo, con suficiente capacidad para generar empleos y oportunidad de vida y educación para la población de ambos lados. 

II. La inmigración haitiana y el Estado Dominicano. 

– Nuevas Políticas de migración y nuevas leyes.

  1. Dada la amplitud y complejidad del fenómeno migratorio y el hecho de haberse convertido la República Dominicana de país inmigratorio en país altamente emigratorio a partir de 1961, una vez liquidada la tiranía; y dado el fenómeno de la globalización,  es algo increíble y lamentable entre nosotros que la ley vigente de migración haya sido hasta el 2004 la n.95  del 14 de abril de 1939 y su reglamento  el N. 279 del 12 de mayo de 1939.

La migración es un fenómeno hoy, en tiempos de gran sensibilidad respecto a los derechos fundamentales humanos y de los derechos de los Estados, que reclama una legislación moderna, sabia y justa, que armonice los derechos y deberes de los emigrantes y los derechos y deberes de los Estados. 

Por eso son muchas las naciones que han ido adecuando sus leyes de migración a la realidad presente. La República Dominicana acaba de hacerlo.

  – El derecho a emigrar

  1. Ante todo hay que resaltar que el derecho a la emigración es uno de los derechos fundamentales del ser humano consignados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Juan XXIII en su Encíclica “Pacem in terris” lo define así: “Ha de respetarse íntegramente el derecho de cada ser humano a conservar o cambiar su residencia dentro de los límites geográficos del país; más aún es necesario que le sea lícito, cuando lo aconsejen justos motivos, emigrar a otros países y fijar allí su domicilio. El hecho de pertenecer como ciudadano a una determinada comunidad nacional no impide en modo alguno ser miembro de la familia  y ciudadano de la sociedad y convivencia universal, común a todos los hombres” (n.25)

  Por su intrínseca y connatural dignidad humana al inmigrante le pertenecen  los fundamentales derechos personales, sociales y jurídicos que ninguna sociedad ni estado pueden irrespetar. Respecto a los derechos fundamentales no hay posibilidad de descriminación alguna ni de distinción entre inmigrantes y no inmigrantes. 

Consciente, sin embargo, que  es peligroso hablar exclusivamente de derechos, el Papa advierte, poco después, en la misma Encíclica que “Los derechos naturales (…) están unidos en el ser humano, que los posee, con otros tantos deberes y unos y otros tienen en la ley natural, que los confiere e impone, su origen, mantenimiento y vigor indestructible” (28), “Por eso, quienes al reivindicar sus derechos, olvidan por completo sus deberes o no les dan la importancia debida, se asemejan a los que derriban con una mano lo que con la otra construyen” (30).

  1. Aplicando ahora todo esto a nuestro caso, es evidente que el que recurre al derecho de emigrar debe ser consciente de su obligación de someterse a los requisitos y legislación de la nación a la que pretende emigrar. 

-Competencia y obligación del Estado

  1. Todo esto supuesto y dado el desorden existente en la inmigración actual, conviene recordar que es al Estado, en cuanto representante y delegado de la sociedad, al que le compete, en cada lugar, ordenar, tipificar los inmigrantes, reglamentar, legislar, vigilar y exigir lo legislado y castigar a los oficiales cómplices de su incumplimiento. Le compete todo esto y está obligado a ello. 

Al hacerlo deberá tener en cuenta las posibilidades, necesidades y situación de la nación receptiva y prestar especial atención a la inmigración irregular. Respecto a estos últimos, no cabe otra cosa que su regularización o la repatriación. Mientras sin embargo estén en nuestro suelo debe ser respetada escrupulosamente su connatural dignidad humana y también en su repatriación.

Somos signatarios de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y de un conjunto de convenciones sobre el flujo emigratorio y diversos tipos de inmigrantes y responsablemente debemos cumplir con lo aceptado y firmado.

Nuestra nueva ley de migración

  1. No nos compete a nosotros señalar fallas en la promulgación de la nueva ley de migración ni detenernos en diversas deficiencias en ella ni el modo de hacer algunas correcciones si hay que hacerlas. La ley ha sido promulgada y pedimos que sea exigida y observada. Para ello deben ser creados sin demora y deben comenzar a operar eficazmente las instituciones e instrumentos operativos que requiere la nueva legislación migratoria: la comisión nacional de Migración, el Instituto Nacional de Migración y el Reglamento de la Nueva Ley General de Migración. 

El reglamento exigido puede y debe subsanar vacíos existentes y añadir algunas especificaciones necesarias de la Nueva Ley General de Migración. 

El recurso a los avances actuales de la Informática será el gran aliado de todas esas instituciones. 

Urge que la Suprema Corte de Justicia resuelva definitivamente respecto a la inmigración haitiana el conflicto entre el “ius soli” y el “ius sanguinis”, teniendo en cuenta todas las variantes posibles; y que disipe las dudas que puedan existir sobre ciertos puntos.

    – Cumplimiento de la ley

  1. Para que esta nueva ley pueda enderezar el desorden existente en la inmigración haitiana; para que pueda disipar el miedo que algunos tienen de una balcanización del país; para que la modernización de la agricultura no se aplace; y para que el sistema contributivo y el de la seguridad social no sufran detrimento alguno, es necesario que se aplique toda la severidad de la ley a las organizaciones o personas que se dedican delictivamente  a la introducción ilegal de haitianos a nuestro país, a los oficiales de migración o del ejército que se dejan sobornar o sobornan a los que desean inmigrar; y  a todos los empleadores de la agricultura, industria azucarera, comercio, construcción, industria, servicios y turismo  que recurren ilegalmente a la contratación de haitianos irregulares y a todos los que atenten contra lo legislado. 

Y es necesario también que el Gobierno, respecto a la inmigración haitiana  vigile de cerca el cumplimiento de todas las leyes laborales relativas al pago, jornada de trabajo, condiciones de higiene, seguridad, salud, prestaciones sociales y  laborales, seguridad social, contratos de trabajo y pensiones; y que vigile también el cumplimiento de las leyes que regulan el trabajo infantil; y de las leyes que garantizan el estado de derecho, la seguridad personal, la libertad de tránsito y el respeto a la integridad física y a la dignidad humana.

Si queremos que el mundo nos respete, respetémonos los dominicanos primero.

Todo cuanto hemos dicho es obligación del Estado, del Poder Público.

III. La inmigración haitiana y la Iglesia.

– Misión y función de la Iglesia

  1. Ante todo queremos dejar muy claro que los criterios de acción de la Iglesia son muy distintos de los criterios  del Estado en virtud de su misión específica. Respecto a la migración, una es la función del Estado Civil y otra muy distinta la de la Iglesia.

El misterio de la salvación en Cristo es universal. Consecuentemente, como Pablo, la Iglesia proclama (y ese es  su actuar), que ella está obligada a hacerse toda a todos para intentar salvar a todos.

Dice así San Pablo a los corintios: ”Libre de todos me he hecho esclavo de todos para ganar a los más que pueda. Con los judíos me he hecho judío para ganar a los judíos; con  los que están bajo la ley, como quien está bajo la ley; con los que están sin ley, como quien está sin ley para ganar a los que están sin ley, no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo. Me he hecho débil con los débiles para ganar a los débiles. Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos. Y esto lo hago por el Evangelio para ser partícipe del mismo” (1 Cor 9, 19-23)

Y escribiendo a los colosenses exhorta: “Despójense del hombre  viejo con sus malas pasiones y revístanse del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento pleno de Dios. Así, ya no hay griego ni judío, ni circunciso ni incircunciso, ni bárbaro ni escita, ni esclavo ni libre. Sólo Cristo todo en todos” (Col. 3, 9-11).  

– Destinatarios de la acción de la Iglesia

  1. La Exhortación Apostólica “Evangelii nuntiandi” después de establecer que la Iglesia es esencialmente evangelizadora, desentraña la naturaleza de la evangelización, aclara cuál es el contenido de la evangelización y propone quiénes son los verdaderos destinatarios de la evangelización. 

Evangelizar no es simplemente anunciar la doctrina, vida, promesas, reino y misterio de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, sino también llegar al interior del ser humano y alcanzar y trasformar en él criterios, valores e intereses, penetrar la cultura, exigir adhesión de corazón y vida, introducir al evangelizado en una comunidad eclesial y convertir al evangelizado en evangelizador.

De acuerdo a esto, el contenido de la evangelización debe ser el Dios revelado por Jesucristo; la salvación ofrecida en Cristo (una salvación inmanente y temporal pero sobre todo transcendente y eterna); el más allá, vocación profunda y definitiva del ser humano en continuidad y discontinuidad con la situación presente; el amor de Dios a nosotros y de nosotros a Dios y el amor fraterno universal; la Iglesia y los sacramentos como lugares y signos visibles y eficaces del encuentro de Dios con nosotros ; y los derechos y deberes del ser humano, la familia, la sociedad, la internacionalidad, la paz, la justicia y el desarrollo en virtud de la mutua interpelación entre el evangelio y la vida personal y social del ser humano.

  1. En conformidad con el mandato divino de predicar el evangelio a toda criatura, los destinatarios de la evangelización son todos los seres humanos sin restricción de raza, cultura o religión. 

La Exhortación Apostólica “Evangelii nuntiandi” consigna que concretamente son destinatarios de la evangelización todos los seres humanos, los fieles creyentes, los no practicantes, los que están lejos de nuestra fe, los descristianizados, los que practican religiones no cristianas, los ateos, los agnósticos, los secularistas y los consumistas  hedonistas, cuyo supremo ideal es el bienestar material.

Actitud de la Iglesia

  1. La Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual –“Gaudium et Spes”- del Concilio Vaticano II abre su proemio con estas significativas y exigentes palabras:  “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los seres humanos de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (GS  1) y lo termina así: “Es la persona humana la que hay que salvar. Es la sociedad humana la que hay que renovar. Es, por consiguiente, el ser humano, pero el ser humano entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad.(…)Al proclamar el Concilio la altísima vocación del ser humano y la divina semilla  que en éste se oculta, ofrece al género humano la sincera colaboración de la Iglesia para lograr la fraternidad universal que responda a esa vocación. No impulsa a la Iglesia  ambición terrena alguna. Sólo desea una cosa: continuar bajo la guía del Espíritu la obra misma de Cristo  quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido” (GS 3).

                 – Atención nuestra a los haitianos

  1. Todo esto supuesto,  a nadie debe extrañar que la Iglesia dominicana, fiel a su misión y función, y sensible a esa exhortación del Concilio Vaticano II, prescindiendo de su situación regular o irregular haya atendido con solicitud de madre en todos los tiempos a los haitianos presentes en el país. 

En el seno de la Conferencia del Episcopado Dominicano, dentro del área de la Pastoral de la movilidad humana existe una Comisión Nacional de Pastoral Haitiana; todas las Diócesis, en las que hay concentración de haitianos, existe comisión diocesana de pastoral haitiana; “Caritas Nacional” y las correspondientes “Caritas” diocesanas tienen un departamento de ayuda a los haitianos; y existe un centro de coordinación y animación de pastoral haitiana con dos obispos al frente, uno haitiano y otro dominicano. El Centro Dominicano de asesoría e investigaciones legales (CEDAIL) fue creado en sus inicios para atender a la población haitiana, aunque después se extendió también a la población dominicana. 

La Conferencia del Episcopado Dominicano ha sostenido diversas reuniones con la Conferencia Episcopal Haitiana en la República Dominicana y en Haití para intercambiar pareceres sobre la situación de ambos países y problemas existentes.

  1. Ante el embargo decretado contra Haití, la Conferencia Episcopal Haitiana escribió el 21 de noviembre de 1991 una desgarradora “Comunicación” en la que, después de describir su situación, decían: “Con toda confianza lanzamos un llamado insistente a todos los hombres de buena voluntad. Que nos ayuden a encontrar una solución que mejore, y rápidamente, la condición  de este pueblo para que lleguemos al fin a la reconciliación de todos los hijos de Haití. Que nos ayuden a guardar nuestro lugar en el concierto de las naciones, para que el grito de sufrimiento del pueblo haitiano encuentre eco en el corazón de los demás pueblos. En nombre de la solidaridad universal, les reiteramos nuestro grito: ¡Piedad por Haití!, ¡Piedad por este pueblo!,¡Piedad por este País!”.

Poco después, la Conferencia del Episcopado Dominicano, para darle mayor resonancia, publicaba en español la Comunicación de los Obispos haitianos y se expresaba así en su presentación: “Acabamos de recibir de nuestros hermanos, los Obispos de Haití, una dramática Comunicación sobre la situación de su país, que hemos leído con consternación e inmenso dolor. Más que una Comunicación es un grito desgarrador, angustioso que parte el alma. Hacemos nuestro ese grito y urgimos a las naciones poderosas, a las naciones que cuentan con posibilidades, acudir al remedio de tanto sufrimiento y dolor. Nos duele profundamente que aquellos, que precisamente han sido tan acusadores nuestros, al llegarles el turno de recibir dolientes hermanos haitianos se hayan mostrado tan duros de corazón. En nuestro Mensaje del 15 de octubre pedíamos que fuesen los haitianos, todo el pueblo haitiano el que determinase en cada momento lo que había que hacer; que no fueran instancias foráneas las que impusiesen sus soluciones. Pedíamos que las presiones que se querían hacer sobre los que detentaban el poder ilegítimamente no fuesen con detrimento del pueblo haitiano, dada su situación dolorosa. La más elemental justicia  reclama al menos dos cosas: que la comunidad internacional les satisfaga las necesidades básicas; que se ayude eficazmente a que nuestros hermanos los haitianos establezcan lo más pronto posible la solución definitiva. Que sean ellos los que la establezcan” (Nota de la Conferencia del Episcopado Dominicano, 10 de julio de 1992).

– Opción preferencial por los pobres

  1. Al doctor de la ley que, a propósito del precepto de amar a Dios y al prójimo como a uno mismo, le preguntó quién era el prójimo, Jesucristo a través de la parábola del buen samaritano le contestó que prójimo es el que necesita de nosotros (Cfr Luc 10, 25-37). 

Jesucristo, identificándose con el pobre y doliente, prometió el premio eterno a los que se solidarizasen con ellos y lo hizo con estas palabras: “Vengan benditos de mi Padre y tomen posesión del Reino preparado para Ustedes desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber; peregriné (emigré) y me acogieron; estaba desnudo y me vistieron; enfermo y me visitaron, preso y me vinieron a ver. Y le responderán los justos: Señor, y ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber?, ¿Cuándo te vimos peregrino (emigrante) y te acogimos, desnudo y te vestimos?.¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?. Y el Rey les dirá: en verdad les digo que, cuantas veces hicieron eso a uno de mis hermanos menores, a mí me lo hicieron” (Mat 25, 34-40). San Vicente Paúl repetía que los pobres son nuestros hermanos débiles y que serán nuestros defensores o nuestros acusadores.

¿Habrá alguien ante estos planteamientos que se extrañe de la opción preferencial de la Iglesia por los pobres y consecuentemente de la acción de la Iglesia en la República Dominicana con los haitianos en situación precaria?. 

  1. Juan Pablo II nos dice en su encíclica social “Sollicitudo rei socialis”: “La opción preferencial por los pobres es una opción o una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia. Se refiere a la vida de cada cristiano, en cuanto imitador de la vida de Cristo, pero se aplica igualmente a nuestras responsabilidades sociales y, consiguientemente, a nuestro modo de vivir y a las decisiones que se deben tomar coherentemente sobre la propiedad y el uso de los bienes. Pero hoy vista la dimensión mundial que ha adquirido la cuestión social, este amor preferencial, con las decisiones que nos inspira, no puede dejar de abarcar a las inmensas muchedumbres de hambrientos, mendigos, sin techo, sin cuidados médicos y sobre todo, sin esperanza de un futuro mejor”  (SRS, n. 42).

– Anuncio y denuncia

  1. La Iglesia siempre ha defendido y defenderá la inviolable dignidad del ser humano. En esa inviolable dignidad radican los derechos fundamentales humanos. La pobreza, la explotación, la marginación social, jurídica y política y aun el delito (pecado) propio desfigura y opaca esa dignidad –la imagen y semejanza de Dios que es el ser humano- pero jamás la destruye. 

La acción, según esto, de la Iglesia, cuando se producen atropellos a esa dignidad connatural del ser humano, es doble: de anuncio y de denuncia. De anuncio y explanación de esa excelsa dignidad humana y de denuncia seria de los atropellos contra ella. Faltaría a su misión y función, si no lo hiciese. 

Fiel a esa misión y función es lo que ha hecho la Iglesia en la República Dominicana respecto a la presencia haitiana. Ya en 1980, en su Carta Pastoral del 30 de noviembre, después de exponer diversas exigencias concretas de la dignidad humana en nuestro país, la Conferencia del Episcopado Dominicano añadía: “A este propósito nos vemos obligados  a hablar breve pero severamente sobre la contratación de haitianos para el corte de caña, mal endémico nuestro, que ha llegado hasta dañar objetivamente la imagen de la patria a nivel internacional. Son muchos los aspectos que reclaman, sin demora, solución: el estilo de vida de los bateyes; los salarios; la asistencia social que se les ofrece; las condiciones de trabajo; el peso de la caña; los contratos mismos; los sistemas de pago; la traída y retorno de los braceros; y los modos concretos de realizarlos. En ninguno de estos aspectos puede ser lesionada la justicia. Sin  embargo lo está siendo. Urge, pues, adoptar las medidas más eficaces para que la dignidad humana de nadie sufra detrimento”. Es triste que a veinticinco años de distancia tengamos que expresarnos de la misma manera.

  1. Respecto al anuncio y denuncia, confesamos que es más fácil hacer el anuncio que la denuncia sujeta a muchas extralimitaciones. En lo que se denuncia, en el modo de hacerla y dónde se hace.

Es justo también decir que a la hora de reclamar la Iglesia los derechos que les asiste a haitianos legales e ilegales, debe reclamar, también, los derechos que les asisten a los gobiernos para reglamentar toda inmigración y la obligación de todo inmigrante de respetar esos derechos y someterse a la legislación existente.

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  Sintetizamos.  Nuestro planteamiento es claro. 

    1. El fenómeno de la creciente inmigración haitiana hacia nosotros es grave.

  1. Lo es: por la situación precaria de Haití que la provoca; por el modo irregular como mayoritariamente se hace; por las implicaciones internacionales empeñadas en que nosotros solos asumamos el problema de Haití; por nuestra incapacidad para hacerlo; por las diferencias culturales que podrían generar continuos conflictos; por las complicidades nuestras inadmisibles y corruptas que genera; por  las distorsiones económicas que produce siendo empleados ilegalmente al margen del Código de Trabajo; por el retraso de la modernización de nuestro sistema productivo por la mano de obra barata y no cualificada que oferta y es aceptada y por el desplazamiento de mano de obra dominicana, más exigente en la retribución y en el cumplimiento con las cargas sociales, aumentando así el desempleo nacional.

               2. El Gobierno está obligado a enfrentar sin demora y con seriedad este reto. 

  1. Como Estado de Derecho, que somos, debe: ordenar este fenómeno migratorio sin prejuicios, con visión positiva de la inmigración y con serenidad; legislar como ya lo ha hecho; crear eficaz y rápidamente las Instituciones e instrumentos operativos que la ley exige; y vigilar de cerca el cumplimiento de lo legislado. 

  En el cumplimiento de lo legislado debe poner el mayor empeño en que ningún derecho humano sufra detrimento alguno y debe armonizar en todo momento los derechos inalienables de todo inmigrante y los derechos de la nación que lo recibe.                           

                           Dada la situación actual del mundo, las comunidades nacionales y los Gobiernos, que las representan, deben ser no solamente justos sino también solidarios. El Gobierno Dominicano, en solidaridad con el hermano pueblo haitiano, debe decir al mundo entero, sobre todo a las naciones poderosas y entre estas a las más vinculadas con el pueblo haitiano, que ayuden generosa y solidariamente a Haití a salir de su situación con toda clase de positivos aportes y contribuciones y con el debido respeto a su inviolable dignidad.

                   3. El papel de la Iglesia ante la inmigración haitiana es muy distinto al del Estado Dominicano en virtud de su misión y función universal y espiritual.

  1. La salvación de Cristo es universal. El destinatario de su acción pastoral es el ser humano, cualquiera que sea su raza, su nación, su religión, su situación social, económica o legal. A todos debe llegar la “buena nueva” de la salvación y sus efectos. A todos debe llegar su amor y solicitud. Atender a todas sus necesidades sobrenaturales y naturales, espirituales y materiales, es un imperativo del precepto divino de amar al prójimo como a nosotros mismos y una urgencia en virtud de la identificación de Cristo con el necesitado. Aquí radica la opción preferencial de la Iglesia por los pobres. 

    Consciente la Iglesia de la inviolable dignidad de todo ser humano por ser imagen y semejanza de Dios, debe hacer todo lo posible para restaurar plenamente esa dignidad y defenderla contra toda clase de atropellos. Siendo todo ser humano, sujeto de derechos y deberes, la Iglesia debe hacerle a él y a la sociedad conscientes de ellos y lo debe hacer firmemente a través del “anuncio” y de la “denuncia” hecha con amor sin detrimento de la justicia, buscando la paz y la fraternidad. La violencia engendra violencia y no es solución.

Desde todos estos planteamientos, la Iglesia seguirá  atendiendo y ayudando a todos y todas, pero con especial solicitud a los más pobres, desamparados, marginados o maltratados, dominicanos o haitianos. Y a este propósito le pedimos al Centro de Coordinación y Animación Pastoral Haitiana redoble sus esfuerzos, su dinamismo y sus programas de atención espiritual y material a los haitianos de acuerdo a su misión, con pautas concretas pastorales, animando y coordinando la acción de los que directamente trabajan con las comunidades o grupos haitianos. Todo ello dentro de nuestro actual Plan Nacional de Pastoral.

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  1. Como la oración todo lo alcanza, contando con los méritos de Jesucristo y poniendo por intercesora a nuestra protectora la Virgen de Altagracia, pedimos fervientemente a Dios Nuestro Padre y Señor que, con la solidaridad de todos, los graves problemas de nuestra hermana nación haitiana encuentren una justa solución.

En Santo Domingo, República Dominicana, al 1º. de Noviembre de 2005, Dia de Todos los Santos. 

Les bendicen

Eminencia Reverendísima Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez Arzobispo Metropolitano de Santo Domingo 
Excelencia Reverendísima Mons. Ramón Benito de la Rosa y Carpio Arzobispo de Santiago de los Caballeros
Excelencia Reverendísima Mons. Juan Félix Pepén Obispo Emérito

Excelencia Reverendísima Mons. Juan Ant. Flores Santana Obispo Emérito
Excelencia Reverendísima Mons. Roque Adames  Obispo Emérito
Excelencia Reverendísima Mons. Fabio Mamerto Rivas, SDB Obispo Emérito
Excelencia Reverendísima Mons. Jesús María de Jesús Moya Obispo de San Francisco de Macorís
Excelencia Reverendísima Mons. Jerónimo Tomás Abreu Herrera Obispo de Mao-Montecristi
Excelencia Reverendísima Mons. Francisco José Arnaiz Obispo Emérito
Excelencia Reverendísima Mons. José Dolores Grullón Estrella Obispo de San Juan de la Maguana
Excelencia Reverendísima Mons. Antonio Camilo González Obispo de La Vega
Excelencia Reverendísima Mons. Amancio Escapa, OCD Obispo Auxiliar de Santo Domingo
Excelencia Reverendísima Mons. Pablo Cedano Cedano Obispo Auxiliar de Santo Domingo
Excelencia Reverendísima Mons.  Gregorio Nicanor Peña Obispo de Nuestra Señora de la Altagracia, Higuey
Excelencia Reverendísima Mons. Freddy Bretón Obispo de Baní
Excelencia Reverendísima Mons. Francisco Ozoria Acosta Obispo de San Pedro de Macorís
Excelencia Reverendísima Mons. Rafael L. Felipe Núñez Obispo de Barahona
Excelencia Reverendísima Mons. Julio César Corniell Obispo de Puerto Plata
Excelencia Reverendísima Mons. Diómedes Espinal de León Obispo Auxiliar del Arzobispo de  Santiago de los Caballeros

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